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August 30 Sueño contigo, alguna vez me seduciste, me embriagaste. Me hiciste soñar y querer volar, todo en sólo una vida. Sonidos necrosos, relámpagos malolientes. LLuvia sin ácido. Reflejo de una risa disipada en las montañas que sangran apologías. Y sólo te pido que me acompañes en mis solitarios orgasmos, sólo quiero que digas que me quieres y que estás conmigo. Sólo quiero estar solo. March 09
| Entre Demonios
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| por Javier Terrones Hernández
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| 06 / 2007
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Javier Terrones Hernández. (31 años de México, D.F) Escribe desde temprana edad, poesía principalmente, librero de profesión, estudia actualmente el segundo semestre de la Licenciatura en Letras Hispánicas en la UNAM. Su cuento, Entre Demonios, resultó ganador del primer concurso de cuento Palabras Malditas.
El escritor mexicano Gerardo de la Torre fue el jurado y dictaminó al ganador en base a la originalidad de la historia, el uso del lenguaje y su estructura narrativa.
Entre Demonios
El infierno se enciende con una palabra.
No es necesario disfrazar la voz, basta una frase para echar a andar el motor de la desgracia. Así comienza esta pesadilla sin fin. Todo gira en el ombligo como una espiral a la nada. De la oscuridad nace su voz como una flama que alumbra y calienta, que da confianza. Cuando llega el dolor es porque ya estoy ardiendo en sus llamas. Su voz apaga la vela cuando hace frío y aviva la hoguera de sus palabras. Me consumo en recuerdos y revivo mi muerte matando a mi alma.
“No sé qué pasó, güey. Nunca los había visto pedos. ¡Créeme! Tienes que creerme”.
Y otra vez su voz, una más, quebrándose como la noche, inoportuna como los aguaceros de marzo.
La lluvia resbala por sus mejillas. Lava las lágrimas de su cara de ángel. Qué bien le sacaba partido, como a un revolver en la sien del destino. Esa linda carita ya la había sacado de dos o tres apuros, ¡qué diablos!, si era la misma la que se los procuraba. “Con esa cara te has ganado el cielo”, le decían, pero podría jurar que era el cuerpo el que la mantenía a ras de suelo sin dejarla despegar; tan acostumbrado como estaba a los vicios, la llevó a conocer el horror de los subsuelos.
Tu cara brillando en la penumbra ambarina. Trémula luz de ciudad.
Qué fácil fue encularme contigo.
“...bueno, sí, güey. Un chingo de veces. Pero nunca tan pedos ¡Créeme, por favor! Nunca tan pedos.”
Cómo creerle si ni yo me la creo. Esa noche, contigo; estas horas, aquí… después de todo. Sobre todo después de todo. Esta asquerosa omnipresencia burlándose de mi mente: hay un tipo raro, parecido a mí, en frente de ti; a espaldas, conmigo. Pobre diablo sosteniendo de los hombros a un dragón enfermo, envuelto en faldas. Si acaso lo sostengo con sobrada firmeza, quiero pensar que no es el miedo, sino la mera precaución a ser devorado. No hay más, ese súcubo eres tú. Perdona si te confundo. Son estos efluvios de mierda que no dejan entenderme poniéndole un velo de tul a la cordura. Por lo mismo no esperes que te crea, mucho menos que te entienda. No pierdas el tiempo como has ido perdiendo esa gracia tan tuya de hacer creíbles las mentiras.
“...bueno, sí, güey, tal vez más... algo más... muchas veces ¿Qué pinches quieres que yo te diga?”
Quisiera que se callaran. Que me dieran tiempo de desechar esta locura para poder pensar. Qué voy a hacer ahora. Cómo diablos voy a salirme de ésta. Su voz me persigue, me aturde. Sus guañidos de puerco taladran mi cabeza, resuenan en mi nuca como un badajo.
—¡Ya vienen a chingarme otra vez!
Casi nos reventamos las piernas devorando media colonia, saltando basureros, tomando atajos, pisando charcos y cacas de perro… para llegar hasta aquí, más cansados que seguros, fuera del alcance de nuestra paranoia. Y, mientras trato de recuperar el aliento, sigues inclemente tu recua de farfullas entrecortadas con berridos mocosos y tu natural incoherencia.
“...además no estaban pedos, güey, más bien cruzadotes los muy grifos...”
Me vale madres cómo chingados estaban. ¡Están muertos y basta! ¿Qué estás tonta y no entiendes? ¿Será posible que la maldita droga ya te haya jodido el cerebro, carajo? Quisiera gritar, meterte un puño en la cara y acomodar tus pocas ideas. Pero tus ojos me detienen. Arrasados en lágrimas, ya no me miran. Sus pupilas inmensas, perdidas, se detienen antes de rozar las mías a medio paso de nuestras miradas. Sin embargo tus ojos mandan, aun envilecidos guardan hechizos para dominar a las bestias. El monstruo en que me has convertido aboga por tu indulgencia. Te lo perdona todo. Calla. Tiembla.
“Pero nunca hacían tantas pinches pendejadas... por ésta, güey...”
El beso en la cruz formada por tus dedos me aclara la mente, me da calma y caigo en la cuenta. Aún te amo. Termino embarrándome en el fango otra vez.
Trato de estudiar la situación. Es difícil cuando todo y tú me dan vueltas. Me aferro a tus hombros con la vana esperanza de ponerle fin a este vértigo. Trato de encontrar un equilibrio entre el murmullo del tráfico y tu escandalosa tarabilla para escuchar mi voz. Un avión surca los cielos. Estiro los ojos tratando de verlo. Nubes de concreto ensucian la noche. Sólo consigo escucharlo y que la lluvia moje mi cara. El metro bosqueja un fugaz horizonte. Otra vez el escándalo...
“...bueno, sí las hacían pero no pedos, güey; en su juicio, como culeros que son...”
Una morena de ojos de yegua nos mira. No nos quita la vista de encima. ¿Qué se creé? ¿Te mira a ti o a mí? Me da mala espina. Hay más travestidos rondando a su lado pero sólo él me inquieta. ¿Qué tanto nos mira? Es alta, morena, cabello con luces, estirado por una diadema y luego en cascada, rizado. Sus ojos son grandes, son negros, nos miran. Se da media vuelta, hace señas a un taxi en la esquina. Sonríe coqueta con unos peatones, flirtea a otra pareja, da vuelta girando sobre sus tacones, enciende un cigarro, levanta la vista y nos mira de cerca. ¿Qué tanto nos mira? Te mira las piernas, repara en mis manos. ¿Qué se traerá ésta? Me da mala espina.
“...es por eso que no sé ni madres de ellos. No me preguntes, güey...”
Trato de mirar cualquier cosa, quitármela de la vista. Dos hombres discuten en la otra esquina; hace un rato llegaron del brazo. Sola, titubeando a mitad del andén, una muchacha con cara de suicida. Un automóvil de repente se amarra; bajan dos gorilas y suben a patadas a una de las putitas. La cómplice indiferencia de la gente. Niños corriendo, descalzos bajo la lluvia. Llega el metro y la muchacha de la estación se frota los brazos y tiembla de miedo, quizás se anime al próximo; es muy joven todavía, no será éste su último tren. La yegua, por fin, agarró cliente; se empina a través de la ventanilla de un coche y entre sus nalgas atisba una tanga fosforescente. Qué ternura, me digo y no logro ocultar la sonrisa.
“...siempre andaban con sus mamadas, güey; pero pedos es otra cosa. Otra cosa, cabrón. ¡Entiéndeme! ¡Tienes que entenderme!...”
Mis ojos no paran. Vagan de piruja en piruja, de escote en escote. Entre esta gangrena de ciudad, salpicándose, hasta descansar en la luz de unas letras rojas: Hotel Condesa.
“Cuando estás al tiro, tus mamadas son tus broncas, güey; las haces y las pagas, cabarón. Tú sabes, ¿qué no? Pero, no mames, cuando estás pedo no eres tú. Es el puto alcohol o la chingadera que te haigas metido; pero ni madres, no eres tú, no se pueden controlar esas chingaderas. No se puede.”
Te tomo de la mano, mordaza bendita, se cierra en automático tu boca. Te conduzco al hotel. Mi mano derecha empuja la puerta como si fuese una salida de emergencia. Adentro, cerradas las puertas detrás de nosotros, el golpe de silencio, la luz en la sala. La brutalidad me petrifica un instante en el desconcierto del recibidor. Tú sólo me sigues, nunca has hecho cosa mejor, pero desde el estruendo de los balazos hasta el silencio del hotel, tu voluntad no aparece por ningún lado. Así eres siempre que se te va la mano con las porquerías ésas. Una sonsa marioneta. Así no eres, más bien. Triste muñeca de trapo.
Digerido el impacto del silencio, giro a mi derecha y quedo de frente a la recepción que aparece detrás de nosotros donde una gorda cacatúa nos mira como si fuésemos insectos bajo la lupa; gruesos cristales con los que podrías ver el futuro, suspendidos para siempre, encarnados quizá, en ese rostro de espantapájaros pintarrajeado de fatal menopausia. Saco mi cartera, luce gorda también, a punto de reventar, pesado testimonio de una noche de gloria y carambola...
Tenían que haberme visto. Cuatro horas jugando póquer fueron suficientes para reducir el peculio de mis contrincantes a un desesperado todo o nada en el triángulo de las bolas. Está bueno, les dije, pero yo pido mano; y aún me quedaban tres ases bajo la manga. Me disculpé con la idea de despejar la mente: Ahora vuelvo, vayan preparando la mesa. No me la creía. Me jalé una raya, casi ceremonial, en el baño. Cuando salí, en mi mente, ya había ganado la partida: un juego perfecto. Apuré el último sorbo de mezcal con todo y gusano. Seleccioné el mejor de los tacos, me sonrió al contacto de mis manos, lo acaricié con tierna avaricia y, en silencio, pegado a mis labios, le fui rezando todas mis fantasías...
Todos me miraban expectantes y no dejaron de hacerlo hasta que la bola lució su sorna blancura en el desierto de verde paño, triste y despoblado augurio de la ruina de esos pobres ilusos. Había ganado. Los había hecho polvo. Algunos mirones me aplaudieron, los que no, me palmeaban la espalda. El rey de la Cueva. Una rubia de filosas caderas me dio un beso en los labios. Hice una seña exigiendo otro bien merecido trago y, como un niño extraviado, busqué tu sonrisa.
Tu cómplice mirada no estaba por ningún lado.
Saco media milpa y la arrojo sobre el mármol, al borde de la ventanilla. La mano de la cacatúa, anillos de bisutería y el suspiro de lo que fuera un extra largo mentolado, lo desaparece en el acto. Me escupe en tres billetes el cambio; como un prestidigitador los arrugo y zambullo, de inmediato, en mi bolsillo. Me da asco pensar. Pinche gorda, culera como la vida. Esa mano que huele a pescado, pachona y nudosa, gruesas las uñas, cascado el barniz, es la misma que lleva al cigarro hasta la cloaca que la vieja delinea de boca; la misma mano que evoca lujuria de remotos años; imagino ese hedor peludo donde, olvidados y fríos, se van ajando sus muslos, largas madrugadas tomando al hastío por asalto. Entonces lo siento, más tristes y lejanos se van quedando los sueños que nunca alcanzamos.
Miro sobre mi hombro para ver si me sigues y al pasar a mi lado, cojeando, lo noto, perdiste un tacón en la fuga. Con una sonrisa celebro la perversa idea, de seguro lo enterraste en el hocico de aquél indigente con el que tropezamos y luego pateaste antes de vomitarlo. Ya debería de haber estado muerto el infeliz… espero.
El ascensor nos abre las puertas a un futuro incierto. Te tomo en mis brazos y, no sé por qué, devoro tu boca a punta besos de rabia y descargo. Tu lengua sabe a alcohol, a tabaco y a semen, a vómito y también a algo podrido; y pienso que eso se debe a este absurdo idilio que llamamos amor. Mi mano inicia el éxodo en tu espalda, hacia al sur, y húmedamente descubro que en el pavor de la huída olvidaste las bragas. Es una lástima, me quedo con ganas de tirar de ellas hasta arrancártelas.
Tercer piso. Entramos al cuarto. No soporto más mis bajas urgencias y me desvisto; entras al baño olvidando, o no, cerrar la puerta. Te sacas tu chaquetita, te descalzas; de un solo tirón, desenvainando una espada, te deshaces del rojo y vivo talle de un vestido que descubre la inerme palidez de una piel extraviada entre los azulejos a pesar del barullo de tu cabellera, del pequeño tatuaje de la Jolly Roger, como usureras letritas de un contrato, en tu omoplato y, qué raro, un hilo de sangre huyendo de tu entrepierna...
Quise compartir contigo la hazaña y subí a buscarte al cuarto. Seguro, aburrida, subiste a polvearte la nariz. De tres en tres los escalones. Estaba feliz. Cuántas tardes tumbados en sucios colchones soñando el mar. Barcelona, ¿por qué no? Si se trata de soñar, hay que soñar en grande. Lavar con las aguas del Mediterráneo las sombras de esta ciudad que nos hace tanto daño. Cuántos asaltos a las farmacias, cuántas madrizas, el balazo en mi espalda, tu subir y bajar de tangas tan despacio, el eterno camellear por las calles, el incomodo resoplar en nuestra nuca de la policía, y, de pronto, en una noche de suerte, los ahorros de toda una vida se ven elevados a la potencia de nuestros anhelos.
Para qué tocar, la puerta se abrió, apenas con el peso de mi sombra; y, emocionado, pasé por alto los bramidos que venían por lo bajo…
Ante mí, en vivo, la escena obscena de un cine porno: Tres sátiros cabrones desgajaban a la muñeca de trapo. El uno sodomizándote con furia, el otro haciendo lo propio en tu boca, un tercero mamando tus ubres y tú... ¡Gozándolo, puerca inmunda!
—¡No se rían, idiotas! ¡No se rían!
Sentado. Desnudo. Colgados los ojos del ventanal, miro sin ver al metro que se escabulle en las sombras como un gusano entre los higos. Ha dejado de llover. Pego la frente al cristal, las putas más rucas siguen su peregrinación al olvido; las más jóvenes van por su segunda, su tercer vuelta.
Siento en la nuca el escozor nauseabundo de una mirada. Ojo tupido de pestañas, escupe su hedor de mil batallas. Tus piernas abiertas, antenas quebradas, cubren el rostro sin vida de un cíclope que yace en la cama. Tu canto de cisne fue el vertiginoso rugido de un Jaguar fabuloso, su carnívora parrilla, bufando, rugiendo con ganas. Mis manos se aferraron al volante de tu cuello y pisé el acelerador hasta el fondo, hasta que derrapaste, en la última curva, tu mísera vida...
No les di tiempo ni de mirarme. Saqué a la Juliana. Sólo tres palabras, certeras, contundentes, como bolas de billar en las buchacas: bang, bang, bang y cayeron al suelo. Tú rebotaste contra la pared como una pulga, chillando. Nunca supiste hacer otra cosa.
Tocan a la puerta.
Ya los esperaba. Para qué contestar, saben que estoy aquí.
Desquiten su sueldo, derriben la puerta.
No sé por qué me guardé dos tiros. Debí de haberte matado ahí mismo como a las perras, con algo más que el rabo metido entre las patas; como a las cerdas, con la fruta clavada hasta la garganta.
Salimos corriendo de la Cueva. Chillabas cual pinche puerca, no mames, nunca supiste hacer otra cosa. Tomamos atajos, toreamos el tráfico, saltamos las rejas, descogotaste al borracho, regamos la basura, pisamos los charcos y cuando al fin te sentiste segura: te fuiste a la verga con las últimas mentiras y un grito de auxilio exprimidos con odio entre mis manos.
Valió madre.
—No te muevas, cabrón. Párate lentamente y cuidadito con intentar cualquier pendejada.
—Está muerta, pareja.
—Huy, huy, huy, ahora sí la jodiste. Con mucho cuidado, recoge tus trapos y tápate las miserias. Esto va pa’ largo. Cuatro muertitos, eh... ya ni la chingas, cabrón. Ahora sí la hiciste gacha.
Manso, me pongo la camisa. Recojo con la vista el resto de mi ropa, resignado. Al levantar los pantalones, debajo del edredón: el guiño metálico de mi fiel Juliana me sonríe, recordándome que, guardadas en su vientre, aún quedan por decir dos simples palabras. Mi noche de suerte.
Escondida entre mis calzones, pedorrea Juliana, certera como siempre, sus últimas balas. Un golpe en mi pecho me avienta de espaldas contra la ventana. Lo último que veo son mis pies descalzos dejando allá arriba al cuarto de hotel, mirándome tierno con su luz rosada; bailarinas, cortinas al aire, me dicen adiós, mientras vuelo entre los destellos de una filosa lluvia de vidrios derechito al infierno.
—Y ahora sí, cabrones ¡Ríanse! ¿Qué esperan? ¡Ríanse!
Prefiero sus risas carcomiéndome las tripas que recordar la agonía de su voz. La tarabilla desesperada de aquella noche que no logro olvidar. Me quedo en cuclillas como un puerco triturando al odio entre los dientes. El culo, mis puños, inútiles y reventados. Ni siquiera el dolor es capaz de arrancarme el recuerdo.
Me quedo solo.
Ya regresarán con sus burlas nefastas, sus muecas idiotas, trayendo consigo tu voz y el recuerdo de aquella noche. ¡Farsa de mierda! Tus ojos bajo la lluvia y esta rabia que no me deja…
El chirlo eterno de tu dulce carita que me hiere y no cesa… que me mata y no cesa… no cesa. | March 05 EL ARTE DE ESCRIBIR por Lin Yutang
El arte de escribir es mucho más amplio que la técnica de escribir. Por cierto que sería mejor para, para todo principiante que aspira a ser escritor, anular primero todo exceso de preocupación por la técnica de escribir, y decidirse a no ocuparse de cosas tan superficiales y llegar a lo hondo de su alma, con el fin de desarrollar una autentica personalidad literaria, como cimiento de su personalidad de autor. Cuando se establece debidamente ese cimiento y se cultiva una autentica personalidad literaria, el estilo sucede como consecuencia natural y los puntos de la técnica se cuidarán por si solos.
En realidad no importa que que se encuentre algo confundido por detalles de retórica y gramática, siempre que pueda producir buen material. En las casas editoras hay siempre lectores profesionales cuya misión es atender a las comas, puntos y otras cosas. En cambio, por mucho que sea su pulimento gramatical, ningún escritor puede llegar a algo si descuida el cultivo de la personalidad. Dijo Buffon: "El estilo es el Hombre". El estilo no es un método, un sistema, ni siquiera un adorno de lo que cada uno escribe; es la impresión total que obtiene el lector de la calidad de la mente del escritor, su profundidad o superficialidad, su visión o falta de visión, y otras cualidades como ingenio, humor, mordacidad, comprensión, ternura, delicadeza, bondadoso cinismo o cínica bondad, sentido común y actitud general hacia las cosas. Es evidente que no puede haber un manual para mejorar la "técnica humoristica", o "quince reglas para llegar al sentido común", o "doce reglas para la delicadeza de los sentimientos".
La técnica de escribir es a la literatura lo que los dogmas a la religión: ocupación en cosas triviales por mentes triviales. December 13
LA «FOM»
Chicago, 3 abril
Esta mañana, mientras me hallaba preparando tranquilamente mi itinerario asiático, se me ha presentado un hombre de unos cincuenta años, amable y casi obsequioso, quien me ha manifestado que debía hablarme a solas de cosas muy importantes. Hice salir a mi secretario y me dispuse a escucharle.
-¿Conoce usted la «FOM»? -me ha preguntado en voz baja el visitante.
He tenido que admitir que no había oído hablar nunca de ella.
Me lo imaginaba. Y es mejor que sea así. Se trata, como le explicaré, de una Liga secreta. Mis jefes creen que la adhesión de usted sería infinitamente de desear.
He creído que se trataba de una especie de Ku-Klux-Klan y he manifestado que en manera alguna quería mezclarme en sociedades secretas.
Cuando le haya dicho lo que es la «Fom» estoy seguro de que cambiará de manera de pensar. El nombre, como ya debe imaginarse, es una sigla de iniciales. Nuestra Liga se llama: Friends of Mankind y sus fines son completamente desinteresados. Los fundadores, cuyos nombres me es imposible revelarle, han partido del siguiente principio: el aumento continuo de la Humanidad es contrario al bienestar de la Humanidad misma. Por medio de la industria, la agricultura y la política colonial, se intenta suplir el déficit, pero está claro que dentro de algún tiempo habrá un balance demasiado desigual entre el banquete y el número de los que al banquete asisten. Malthus tenía razón, pero se equivocó al creer demasiado cercano el desastre. En realidad, la Naturaleza, en forma de terremotos, erupciones, epidemias, carestía y guerras, viene a diezmar de un modo periódico al género humano. También el tráfico automovilístico, el comercio de estupefacientes y los progresos del suicidio contribuyen, desde hace algún tiempo, a la reducción de los habitantes del planeta. Pero todas estas, llamémoslas providencias, no consiguen compensar el aumento de nacimientos, sin contar que son, para las víctimas, formas dolorosas de supresión.
»¿Cómo remediarlo? Aunque no hayamos llegado al hambre, está cercano el momento en que nuestras raciones se verán reducidas. Y entonces es cuando interviene la "Fom". Ésta se propone acelerar racionalmente la desaparición de los que sean menos dignos de vivir. La nuestra podría llamarse -en su primera fase- la Liga para la eutanasia inadvertida. El inconveniente de las calamidades naturales -como las epidemias y las guerras- es que provocan la desaparición de los jóvenes, de los inocentes, de los fuertes. Pero si es necesario hacer un expurgo sobre la tierra, es justo, ante todo, eliminar a los inútiles, a los peligrosos o a aquellos que han vivido ya bastante. El terremoto y la cólera son ciegos; nosotros tenemos ojos y muy buena vista. Nuestra Liga se propone, pues, apresurar de un modo dulce y discreto, y en el secreto más absoluto, la extinción de los débiles, de los enfermos incurables, de los viejos, dé los inmorales y de los delincuentes; de todos esos seres que no merecen vivir, o que viven para sufrir, o que imponen gastos considerables a la sociedad.
»Los medios de que nos servimos son los más perfeccionados: venenos que no dejan rastro, inyecciones a altas dosis, inhalaciones de gases anestésicos y tóxicos. A nuestra Liga pertenecen muchos médicos, enfermeros y criados, los que se hallan en las condiciones más favorables para esos actos humanitarios, y los resultados son excelentes. Pero forman también parte de ella numerosos particulares que se prestan, con toda la cautela necesaria, a suprimir a un amigo, a un pariente y también a simples desconocidos. La moral pública, ofuscada por las viejas supersticiones, no ha llegado todavía a reconocer, o al menos a tolerar, nuestras operaciones benéficas, y por eso nos vemos obligados a obrar con el más profundo secreto. Ninguno de los nuestros, hasta ahora, ha sido descubierto, y, a despecho de los obstáculos, las estadísticas de mortalidad, desde que se constituyó la "Fom", demuestran que nuestro trabajo filantrópico no ha sido inútil.
»Aneja a la sección, llamémosla "tanatófila", de la "Fom", existe otra igualmente preciosa y que podríamos llamar moralizadora. Hay, por ejemplo, culpas que nuestros códigos no castigan o que la Policía no sabe descubrir. Nuestra Liga atiende también a esa necesaria represión. Una junta formada de profesores de moral y de juristas se ocupa en establecer una lista de culpables en ésta y otras ciudades. Para las ejecuciones hemos tenido que recurrir a delincuentes profesionales o voluntarios que se encargan, siempre con el más absoluto secreto, de castigar a los inculpados. Ésos roban a los ladrones, a los avaros, a los estafadores; secuestran y apalean a los perseguidores sistemáticos de los niños y de los dependientes; someten a humillantes penas a los especuladores deshonestos, a los encubridores y a otras personas dañosas e inmorales. Somos, en este caso, homeópatas: delito contra delito. Para castigar el mal debemos resignarnos a infligir el mal, pero la nobleza del fin nos absuelve.
»Como ve, la "Fom" tiene dos cometidos necesarios y honrosos: impedir la ruina del standard of life, amenazado por el exceso de población, y combatir a los viciosos y criminales que la ley no castiga. Eliminación de lo superfluo y purificación de la sociedad. Nosotros contribuimos por eso, y con una doble obra, a la mejora material y ética del género humano y podemos llamarnos, con tranquila conciencia, Friends of Mankind.
Dejé hablar al locuaz apóstol de la «Fom» hasta el final; deseaba saberlo todo, y confieso que algunos de sus razonamientos no me disgustaron. Quien está libre -como yo lo estoy- de toda preocupación moral o religiosa, no puede oponerse seriamente a una tal dialéctica. Si no tenemos más que una vida y la vida consiste en tener una buena ración en el convite universal, el programa de los Friends of Mankind es lógico y científico. Sin embargo, mi repugnancia a asociarme con otros y a ligarme con el vínculo secreto, hizo que no me inscribiese. Di, sin embargo, buenas esperanzas al emisario de la «Fom», ante el temor de ser objeto de represalias. Dentro de cuatro días salgo para San Francisco y China; ya tendré tiempo de pensarlo a la vuelta. June 23
Extrañando a Kissinger
Dice que no la amo de verdad. Que digo que la quiero, que creo que la quiero, pero que no. He oído a más de uno decir que no quiere a alguien, ¿pero decidir por otro si ese otro lo ama o no? Con eso todavía no me había encontrado nunca. Aunque francamente me lo tengo merecido, porque quien con niños se acuesta… Hace ya medio año que me hincha la cabeza con lo mismo, metiéndose los dedos en la vagina después de cada cogida para comprobar si es verdad que me he venido, y yo, en vez de decirle algo fuerte, me limito a comentarle:
-No pasa nada, linda, todos nos sentimos un poco inseguros.
Ahora resulta que quiere que cortemos, porque ha decidido que no la quiero. ¿Y yo qué le digo? Si me pusiera a gritarle que es una tonta y que deje de calentarme la cabeza, se lo tomaría como una prueba más.
-Haz algo que me demuestre que me quieres –me dice.
¿Qué querrá que haga? ¿Qué podría hacer yo? Si por lo menos me lo dijera. Pero no. Porque cree que si la quiero de verdad, tengo que saberlo por mí mismo. A lo que sí está dispuesta es a darme una pista o a decirme lo que no tengo que hacer. Una de esas dos cosas, a escoger. O sea que le he dicho que diga lo que no quiere, así por lo menos sabremos algo. Porque lo que es seguro es que de sus pistas no voy a sacar nada claro.
-No quiero –dice ella- que te automutiles, que hagas algo como sacarte un ojo o cortarte una oreja, porque si le hicieras daño a alguien que amo, indirectamente me lo estarías haciendo también a mí. Además de que, decididamente, eso de hacerle daño a alguien que quieres no es ninguna prueba de amor.
La verdad es que yo nunca me haría daño aunque ella me lo pidiera. Pero ¿qué tendrá que ver que yo me saque un ojo con el amor? ¿Qué es lo que tengo que hacer? Ella no está dispuesta a revelármelo y sólo añade que se trata de algo que tampoco estaría bien que se lo hiciera a mi padre o a mis hermanos y hermanas. Yo, ante eso, me rindo y me digo que no tiene remedio, que gaga lo que haga de nada me va a servir. Ni a ella. Porque quien con fuego juega, acaba tatemado. Pero después, cuando estamos cogiendo y ella me clava su mirada fija hasta lo más profundo de las pupilas (nunca cierra los ojos cuando cogemos para que le meta en la boca la lengua de otro), de repente lo comprendo todo, como en una especie de iluminación.
-¿Se trata de mi madre? –le pregunto, pero se niega a contestarme.
-Si de verdad me quisieras, deberías saberlo por ti mismo.
Y después de lamerse con la lengua los dedos que se ha sacado de la vagina, me suelta:
-Ni se te ocurra traerme una oreja, un dedo, o algo parecido. Lo que yo quiero es el corazón, ¿me oyes? El corazón.
Todo el camino hacia Petah Tikva, que son dos autobuses, llevo conmigo el cuchillo. Un cuchillo de metro y medio que ocupa dos asientos. Hasta le he tenido que pagar boleto. Pero ¡qué no haría yo por ella, qué no haré por ti, linda! Toda la calle Stampfer la he bajado a pie con el cuchillo en la espalda como un árabe suicida cualquiera. Mi madre sabía de mi llegada, así es que me ha preparado un guiso con unas especias para morirse, como sólo ella sabe hacerlo. Me limito a comer en silencio sin pronunciar ni una sola palabra. Quien se traga las tunas con todo y espinas, que luego no se queje de almorranas.
-¿Cómo está Miri? –Pregunta mi madre-. ¿Está bien tu amada? ¿Sigue metiéndose esos dedos tan regordetes en la vagina?
-Bien –le respondo yo-, la verdad es que muy bien. Me ha pedido tu corazón. Ya sabes, para poder estar segura que la quiero.
-Llévale el de Baruj –se ríe-, es imposible que llegue a darse cuenta de que no es el mío.
-¡Ay, mamá! –Me enojo-, que no estamos en la fase de mentirnos, Miri y yo estamos en momento de sincerarnos.
-Está bien –suspira-, pues llévale el mío, que no quiero que se peleen por mi culpa, lo que me hace pensar, por cierto, ¿en dónde tienes tú la prueba para que tu madre que te ama que le demuestre que tú también le corresponde amándola un poquito?
Furioso, lanzo el corazón de Miri contra la mesa con un golpe seco. ¿Por qué no me creerán? ¿Por qué siempre me ponen a prueba? Y ahora, tengo que hacer el camino de vuelta en dos autobuses con este cuchillo y el corazón de mi madre. Y eso que seguro de que ella no estará en casa, que va a volver otra vez con su novio anterior. Aunque no culpo a nadie, sólo me culpo a mí mismo.
Hay dos clases de personas, a las que les gustar dormir del lado de la pared y a las que les gusta dormir al lado de las que las van a empujar fuera de la cama. June 07 Louis Ferdinand Celine Viaje al fin de la noche (fragmento)
" Los hombres se aferran a sus cochinos recuerdos, a todas sus desgracias, y no se les puede sacar de ahí. Con eso ocupan el alma. Se vengan de la injusticia de su presente revolviendo en su interior la mierda del porvenir. Justos y cobardes que son todos, en el fondo. Es su naturaleza. (...) Proust, espectro a medias él mismo, se perdió con tenacidad extraordinaria en la futilidad infinita y diluyente de los ritos y las actitudes que se enmarañan en torno a la gente mundana, gente del vacío, fantasmas de deseos, orgiastas indecisos que siempre esperan a su Watteau, buscadores sin entusiasmo de Cíteras improbables. Pero la señora Herote, de origen popular y substancial, se mantenía sólidamente unida a la tierra por rudos apetitos, animales y precisos. Si la gente es tan mala, tal vez sea sólo porque sufre, pero pasa mucho tiempo entre el momento en que han dejado de sufrir y aquel en que se vuelven mejores. El gran éxito material y pasional de la señora Herote no había tenido aún tiempo de suavizar su disposición para la conquista. (...) Os lo digo, infelices, jodidos de la vida, vencidos, desollados, siempre empapados de sudor; os lo advierto: cuando los grandes de este mundo empiezan a amaros es porque van a convertiros en carne de cañón. (...) Para el pobre existen en este mundo dos grandes formas de palmarla, por la indiferencia absoluta de sus semejantes en tiempos de paz o por la pasión homicida de los mismos, llegada la guerra. Si se acuerdan de ti, al instante piensan en la tortura, los otros, y en nada más.¡sólo les interesas chorreando de sangre, a esos cabrones! Princhrad había tenido más razón que un santo al respecto. Ante la inminencia del matadero ya no especulas demasiado con las cosas del porvenir, sólo piensas en amar durante los días que te quedan, ya que es el único medio de olvidar el cuerpo un poco, olvidar que pronto te van a desollar de arriba abajo. "
October 09
As you probably know, this is taken from Trainspotting. I just love how it sounds.
Choose Life. Choose a job. Choose a career. Choose a family. Choose a fucking big television, choose washing machines, cars, compact disc players and electrical tin openers. Choose good health, low cholesterol, and dental insurance. Choose fixed interest mortgage repayments. Choose a starter home. Choose your friends. Choose leisurewear and matching luggage. Choose a three-piece suite on hire purchase in a range of fucking fabrics. Choose DIY and wondering who the fuck you are on a Sunday morning. Choose sitting on that couch watching mind-numbing, spirit-crushing game shows, stuffing fucking junk food into your mouth. Choose rotting away at the end of it all, pishing your last in a miserable home, nothing more than an embarrasment to the selfish, fucked up brats you spawned to replace yourself. Choose your future. Choose life. But why would I want to do a thing like that? I chose not to choose life. I chose something else. And the reasons there are no reasons. Who needs reasons when you've got heroin.
So why did I do it? I could offer a million answers, all false. The truth is that I'm a bad person, but that's going to change, I'm going to change. This is the last of this sort of thing. I'm cleaning up and I'm moving on, going straight and choosing life. I'm looking forward to it already. I'm going to be just like you; the job, the family, the fucking big television, the washing machine, the car, the compact disc and electrical tin opener, good health, low cholesterol, dental insurance, mortage, starter home, leisurewear, luggage, three piece suite, DIY, game shows, junk food, children, walks in the park, nineto-five, good at golf, washing the car, choice of sweaters, family Christmas, indexed pension, tax exemption, clearing the gutters, getting by, looking ahead, the day you die.
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